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18 de noviembre de 2015

LA MONARQUÍA DE FELIPE IV Y LA GUERRA “DELS SEGADORS”

Batalla de Montjuic 1641, Galería Corsini Florenci (Itàlia)
Wikicommons
         De la mano de la amiga del Blog Raquel Camarero que ha escrito un excelente libro sobre La Guerra de Recuperación de Cataluña 1640-1652, descubriremos un momento de la Historia que sucesos del presente nos hace tener en cuenta.
Las instituciones políticas catalanas iniciaron en 1640 un proceso de secesión que culminó con la segregación del Principado de Cataluña a principios de 1641 y su incorporación a la Monarquía francesa. Comenzó entonces una guerra de más de una década para lograr su retorno a la obediencia de Felipe IV que obligó a un replanteamiento de la política general de la Monarquía Hispánica y puso a prueba sus capacidades, recursos y elementos sociales en un momento decisivo para el futuro de España.
La guerra de Cataluña de mediados del siglo XVII, unida a la que de forma coetánea estalló en Portugal, conllevó la movilización general de la población de todo el territorio peninsular y puso a prueba el estado de su sistema y elementos defensivos, caracterizados por un cierto abandono y falta de renovación y adecuación a las exigencias concretas de aquel momento. Pero, a pesar de todo, la Monarquía Hispánica sería capaz de hacer frente a uno de los mayores retos del reinado de Felipe IV de una forma satisfactoria. En medio de un desgaste evidente y de unas circunstancias políticas, económicas y sociales realmente adversas, dio muestras de una persistente capacidad de respuesta que le permitió superar con suficiencia la delicada coyuntura de los años centrales del siglo XVII...

 LAS FASES DE LA GUERRA
El alojamiento en territorio catalán de las tropas hispánicas que habían luchado en Salses en el invierno de 1639 fue la chispa que desató el levantamiento popular en Cataluña a partir de la primavera de 1640, y que tiene como uno de sus hitos más conocidos el asesinato del virrey en Barcelona el día del Corpus. La reacción desde Madrid fue la de enviar una expedición militar para controlar y pacificar Cataluña. Pero la derrota sufrida en Montjuïc en enero de 1641 frustró completamente las intenciones del gobierno de Felipe IV de sofocar la revuelta de una forma inmediata y evitar una situación muy peligrosa en aquella parte por la condición fronteriza con Francia del territorio catalán. De esta manera se abría un nuevo frente de guerra donde la Monarquía de Felipe IV no sólo combatía contra Francia en el marco de la pugna abierta entre ambas coronas a partir de 1635, sino que a la vez luchaba por recuperar la obediencia y el control sobre un territorio que pertenecía a una de las dos partes esenciales sobre las que se había fundado el edificio estatal hispánico, que no había sido conquistada por las armas, y con un valor geoestratégico de primer orden ya que afectaba de forma directa a la seguridad interior del núcleo central de la Monarquía Hispánica por su condición fronteriza con Francia.
     Esta primera parte de la guerra se cerró con la pérdida completa de la Cataluña transpirenaica, los condados del Rosellón y Cerdaña, y el mayor retroceso de la posición hispánica en el Principado. El balance a finales de 1642 en Cataluña era especialmente negativo, y se producía en medio de una situación económica y hacendística muy crítica. En este contexto se generó en el gobierno una reflexión profunda sobre cómo debía plantearse la guerra en la Península y fuera de ella a partir de entonces, tomando conciencia de que la guerra en Cataluña iba a ser larga y asumiendo que no se podían abarcar los innumerables compromisos abiertos en aquellos momentos con los medios y la intensidad que requerían, sino que era imprescindible establecer prioridades empleando criterios realistas y moderados más acordes con las capacidades y la disponibilidad de recursos de la Monarquía. Así, se impuso el criterio de la primacía de la seguridad y defensa interior, y, dentro de ésta, la precedencia del conflicto que se desarrollaba en Cataluña.
Corpus de Sangre , de Antonio Estruch y Bros. Wikicommons
En 1643 se inició una nueva etapa, de desgaste, marcada por la incapacidad de ambos contendientes para imponerse de una forma definitiva o contundente sobre el otro. La guerra se estancaría en el frente catalano-aragonés en torno a la posesión de Lérida, objetivo primero de Felipe IV, cuyas tropas la recuperaron en 1644, y después de los generales franceses, que intentaron recobrarla sin éxito en 1646 y 1647. Para la Monarquía Hispánica fue una etapa en la que los esfuerzos materiales y humanos hubieron de adaptarse a las limitaciones impuestas por sus posibilidades y capacidades, y su explotación y aprovechamiento se trató de realizar aplicando pautas más realistas, racionales y organizadas que durante el periodo anterior.
La conquista de Tortosa en 1648 fue el último de los logros militares del ejército franco-catalán en el Principado y cerró esta segunda etapa del enfrentamiento restableciendo a las tierras tarraconenses como principal escenario del mismo. En 1649 comenzaría la fase final de la guerra, en que la iniciativa bélica sería monopolizada por las armas hispánicas, algo que no ocurría desde la conquista de Lérida en 1644. En la campaña de 1650 acometieron la recuperación de toda la línea del Ebro incluida Tortosa y al año siguiente se plantearon por fin acabar la guerra como se había empezado, yendo contra Barcelona, pero en unas circunstancias muy diferentes ya que la situación de los tres implicados en aquel enfrentamiento doce años después de su inicio había cambiado mucho. La unión entre Francia y Cataluña se había ido resquebrajando y a partir de 1648 el distanciamiento de la población y de las instituciones catalanas respecto del dominio francés fue definitivo e irreversible, mientras los apoyos proespañoles no hacían sino crecer, eran cada vez más visibles y activos, y representarían un arma auxiliar fundamental para facilitar el avance del ejército hispánico. Otro de los factores decisivos que contribuirían al éxito de las armas de Felipe IV en Cataluña fueron las graves dificultades internas por las que atravesó la monarquía francesa durante esos años, la llamada Fronda, que comprometió seriamente los esfuerzos que ésta podía emplear en Cataluña, la cual apenas recibió tropas de refuerzo en ese periodo ni recursos para el sustento de las escasas que permanecieron en su territorio. Todo esto junto a factores como la peste y el hambre, sumados a la devastación y el cansancio producidos por la guerra, resultaría una combinación decisiva para acabar con la capacidad de resistencia de Cataluña.
La Monarquía Hispánica se benefició de toda esta coyuntura favorable para resolver el conflicto en el Principado, aunque sus circunstancias internas no fueron mejores que las de sus oponentes, con los que compartió la inestabilidad social interna, la extensión de la peste, la crisis de subsistencias y una situación hacendística depauperada por la guerra y por las medidas económicas extremas a las que se recurrió para su sostenimiento, todo lo cual contribuiría a retrasar y ralentizar el avance definitivo de las armas hispánicas en Cataluña. Por fin, en octubre de 1652 las armas hispánicas consiguieron el objetivo esencial en aquella guerra: la recuperación de Barcelona y con ella el retorno a la obediencia de Felipe IV de prácticamente todo el Principado, aunque el enfrentamiento entre España y Francia aún se prolongaría hasta 1659 y uno de los escenarios del mismo continuaría siendo Cataluña.
Conde Duque Olivares y Felipe IV ambos de Velazquez.
Museo Ermitage y el Prado respectivamente
 LOS FRENTES DE LA LUCHA
La guerra en Cataluña se desarrolló en torno a tres ámbitos: los Condados del Rosellón y la Cerdaña, el área tarraconense y la frontera catalano-aragonesa.
El Rosellón y la Cerdaña representaban una pieza estratégica de primer orden para la seguridad de Cataluña y de España frente a cualquier ataque o intento de penetración proveniente de Francia. Contaban con una buena infraestructura defensiva, pero requerían un importante número de soldados para garantizar su seguridad, que asimismo debían estar bien abastecidos. Tras el levantamiento catalán, la comunicación con los Condados fue cada vez más irregular y difícil ya que la única vía de acceso posible fue la marítima. Por otra parte, el único puerto de acceso acondicionado y seguro a los Condados era Collioure que distaba bastante de las principales fortalezas rosellonesas, Perpiñán y Salses, y desde el cual había que distribuir por vía terrestre la ayuda que llegase.
La plaza fuerte de Rosas no estaba en el Rosellón, pero era una pieza importante de este frente. Junto con Perpiñán, era la que poseía las mejores defensas, tenía el mejor puerto natural de todo su ámbito, y era una base de apoyo logístico fundamental de las plazas rosellonesas. A partir del otoño de 1642, Rosas quedaría como último reducto de resistencia de las armas felipistas en el norte de Cataluña cuya principal tarea hasta su pérdida en 1645 sería divertir y entorpecer los esfuerzos que franceses y catalanes concentraban en el Ampurdán para canalizarlos hacia el frente aragonés. Poco más pudo hacer una plaza que compartió las mismas características de aislamiento y desasistencia que los enclaves de los Condados. Su pérdida sería sólo cuestión de tiempo, el que tardó Francia en empeñarse seriamente en la conquista de un enclave valiosísimo estratégicamente que fue uno de sus objetivos primordiales en Cataluña, junto al Rosellón, desde el primer momento.
Los Condados compartieron protagonismo con el ámbito tarraconense durante gran parte de los dos primeros años de la guerra, periodo en el que la atención militar se centró en el frente marítimo. Al iniciarse la guerra, Tarragona y el puerto cercano a Tortosa de Los Alfaques, junto con Rosas, serían los únicos puertos catalanes bajo control hispánico. A la vez, Tarragona y Tortosa suponían una barrera defensiva vital respecto del vecino reino de Valencia, y además eran los enclaves felipistas más próximos a Barcelona para llevar a cabo contra ella cualquier iniciativa ofensiva marítima o terrestre. Igualmente, era mucho más fácil y económico abastecer a las tropas desde el mar que por vía terrestre, y en caso de que las plazas tarraconenses fuesen atacadas o se encontrasen en una situación delicada siempre podrían ser socorridas por la costa.
Tras la desaparición del frente rosellonés a finales de 1642, la guerra se situó en la frontera catalano-aragonesa. La recuperación de la ciudad de Lérida era importante para eliminar la peligrosidad del frente occidental, garantizar la protección del reino de Aragón y poder avanzar con seguridad hacia Barcelona. Y es que el control de Lérida y por extensión de toda la línea del Segre tenía como fin permitir la conexión del ejército situado en la parte de Aragón con las tropas felipistas del ámbito tarraconense para, en último término, facilitar el avance sobre Barcelona. Pero igualmente el interés en penetrar en el Principado por esta parte tenía motivaciones logísticas y prácticas, como dominar uno de los principales graneros de Cataluña, el área de la Plana de Urgell y la Segarra, y disponer de zonas en el mismo territorio catalán donde alojar al ejército y aliviar de esta carga al reino aragonés.

Nº de páginas: 600 págs.
Editorial: ACTAS
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788497391504


“La monarquía de Felipe IV y la guerra dels segadors”Raquel Camarero

1 comentario:

  1. Lo tengo. Leído y releído. Altamente recomendable. Un saludo a la autora con toda mi envidia

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