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2 de septiembre de 2017

LOS PRISIONEROS DE GUERRA DURANTE LOS SIGLOS XVI Y XVII

San Rocco in carcere confortato da un Angelo (1567)
Jacopo Robusto, Tintoretto (1518-1594)
Hoy Ricardo Sánchez nos mostrara una de las consecuencias de todas las batallas que casi nunca se menciona en los libros, los prisioneros de guerra. Como era su vida y como se acababa su cautiverio en la Época de los Tercios.
Durante los siglos XVI y XVII, España se encontró de manera casi continúa en guerra contra algún territorio europeo. Este carácter belicista, trajo consigo un gran número de prisioneros tanto enemigos como propios. Por lo tanto, hubo que establecer un plan para mantener y después intercambiar a los enemigos por los hombres capturados.
Lo primero a señalar, es que convertirse en prisionero de guerra no era algo deshonroso, sino todo lo contrario; significaba que el soldado había combatido hasta el final sin huir de su posición. Pero cada nación, tenía su propia medida de lo que se consideraba una rendición honrosa. Por ejemplo, si una plaza se encontraba mal defendida con una pequeña guarnición y era asediada por unas fuerzas superiores, para los franceses era suficiente con resistir un mínimo para salvar el honor militar. No obstante, para los españoles era imperativo resistir hasta que la fortificación tuviese una importante brecha, o hasta que la escasez de municiones, agua u hombres hiciese imposible la defensa. Una rendición prematura solía costar la cabeza al comandante de la plaza. Esta idea de honor, podía significar que el comandante español realizase una fanática resistencia de su plaza, lo que traía consecuencias frente al enemigo, ya que los franceses solían ahorcar desde las murallas al comandante español como represalia...

Rendición de Juliers en 1635 por Jusepe Leonardo  (1601–1652)Museo del Prado
Tras la firma de la rendición, y según las condiciones establecidas, los defensores eran tomados como prisioneros o si habían combatido con honor, el ejército sitiador les realizaba un pasillo de honor y los escoltaba hasta una plaza amiga, haciéndoles jurar que no participarían en el resto de la campaña. Si la plaza era tomada por asalto, los defensores quedaban al albur del enemigo, esto significaba que los soldados rasos probablemente fuesen asesinados, mientras que los oficiales eran capturados para reclamar luego un rescate por ellos.
En campo abierto era donde más prisioneros podían hacerse, ya que cuando el enemigo rompía la formación y comenzaba a huir, la caballería se lanzaba tras ellos en una persecución intensa, que solo finalizaba al anochecer o con el agotamiento de hombres y caballos.
Una vez convertidos en prisioneros de guerra, la vida se tornaba aun más dura. Los cautivos eran desarmados y desnudados para llevarlos tierra adentro y ponerlos bajo las órdenes de las autoridades civiles. Ellos los empleaban en trabajos estatales o en los campos; sin embargo las peores condiciones eran para aquellos destinados a galeras. Los más maltratados, eran los españoles que caían en manos de los holandeses, a los cuales apenas alimentaban y vestían, por lo que era muy común la muerte por hambre y frío.
Las miserias de la guerra de Jacques Callot 1633
En un documento conservado en el Archivo de Simancas, tenemos información sobre como los españoles alimentaban a los prisioneros con: “libra y media de pan, quartillo y medio de vino y quarteron de queso”.  Pero las autoridades civiles por norma general ahorraban bastante en el cuidado de estos hombres, haciendo que las condiciones del cautiverio fuesen muy penosas y la supervivencia se convertía en una suma de fuerza de voluntad, con la caridad de terceras personas.
Ante este panorama, la huida era algo frecuente entre los prisioneros, ya que poco tenían que perder. Esta fue quizá la forma más popular entre los españoles de conseguir la libertad. Nuestro escritor más famoso -Miguel de Cervantes- nos cuenta que él mismo organizó e intentó su huida de Argel en cuatro ocasiones.
Las formas de conseguir la libertad eran tres: el canje oficial de prisioneros, organizado entre los dos combatientes – era el método más común-, el pago de un rescate o rançon por parte de la familia del reo, el propio estado o alguna orden religiosa -Cervantes fue liberado gracias a los padres trinitarios que pagaron su rescate en 1580-. Por último, la tercera forma, como ya mencionamos era la fuga. Esto sin embargo conllevaba un riesgo, porque el soldado se veía obligado a recorrer largas distancias en territorio enemigo y cualquier ciudadano podía matarlo con tranquilidad o detenerlo nuevamente y ser enviado a galeras.
Un caso del que conservamos documentación, es el del capitán Joseph de Aguirre, que fue hecho prisionero en tres ocasiones. La primera  fue en 1639, abordo del galeón “Santa Teresa” que formaba parte de la escuadra del almirante Antonio de Oquendo. El “Santa Teresa” hizo una dura resistencia, obligando a los holandeses a quemarlo con cinco brulotes debido a que no eran capaces de abordarlo. Los supervivientes saltaron al agua y fueron capturados, para ser llevados a Holanda hasta 1641. La segunda vez fue en la batalla de Rocroy en 1643, donde como parte del tercio de Jorge Castellví fue hecho prisionero por los franceses. Esta vez, Joseph de Aguirré consiguió escapar. La última vez que fue capturado, fue en la batalla de Lens en 1648. Esta vez fue liberado por el pago de un rescate, por lo curiosamente consiguió la libertad a través de las tres formas posibles.
         Una vez libres, los hombres eran reincorporados al ejército lo antes posible, ya que la corona siempre estaba necesitada de hombres veteranos. Casi nunca eran recibidos con honores, solamente los prisioneros “ilustres”, ni ascendidos, exceptuando aquellos que correspondían por antigüedad. Tampoco recibían compensaciones económicas por sus heridas o discapacidades.
Una de las batallas sobre la que mejor conocemos la suerte que sufrieron los prisioneros, es la batalla de Rocroy, donde una importante parte del ejército español fue hecha prisionera por los franceses. La lista de prisioneros se conserva en el castillo de Vincennes. La documentación conservada nos cuenta que fueron separados por naciones y por graduación, y llevados a diferentes zonas del interior de Francia.
Ambos países ya estaban en conversaciones sobre prisioneros, ya que Francia deseaba recuperar a los hombres perdidos en 1642 en Honnencourt. Sin embargo ahora tenía una gran baza sobre la mesa, ya que España era la más interesada, porque andaba necesitada de tropas, especialmente de soldados españoles veteranos, considerados el nervio de sus ejércitos.
Castillo de Vincennes.
 En su archivo se guarda la lista de prisioneros de Rocroy
CJ DUB 
Francia, sabedora de la importancia de los soldados españoles, intentaba retrasar la vuelta de los prisioneros de Rocroy, pero su derrota en Tuttlingen y la pérdida de la plaza de Rothweil, compensó la balanza española. Sin embargo, los primeros soldados que liberaba Francia en los canjes pertenecían a otras nacionalidades, como los valones y alemanes. Hubo que realizar muchas negociaciones y encuentros entre los dirigentes de ambos países para que comenzasen a llegar los hombres de Rocroy.
Sabemos que en 1661, 18 años después de la batalla, aún quedaban cerca de 150 prisioneros que habían participado en el combate. Demostrando que los soldados españoles hechos prisioneros, eran de gran valor para Francia y que pondría todas las trabas posibles para poder devolverlos su país.
“Los prisioneros de guerra durante los siglos XVI y XVII” Ricardo Sánchez Calvo – Bellumartis Historia Militar

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