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14 de diciembre de 2015

QAL’AT RABAH: CALATRAVA LA VIEJA. EL ORIGEN DE UNA ORDEN

Calatrava la Vieja o antigua Ciudad de Calatrava. Carrión de Calatrava, Ciudad Real
Una Colaboración de  Legion Novena Hispana
“Todos los nobles callaron ante tal propuesta. Y lo sucedido a continuación causó tan extraordinaria sorpresa que provocó algunas burlas entre los nobles de la corte. Sin embargo, fue un hecho trascendental para el futuro de la plaza y de su entorno: el propósito fue aceptado por el abad Raimundo, aconsejado a ello por Diego Velázquez.”

Narran las viejas crónicas que don Diego Velázquez, oriundo de la Bureba, de linaje ilustre y antaño experto en cuestiones de la milicia, abandonó las armas para refugiarse en los brazos del altísimo, nuestro redentor. Se desconoce su motivo, aunque sí es cierto que lo hizo bajo el hábito de los hermanos cistercienses y al amparado de los muros de Santa María de Fitero...


don Diego de Velázquez en la iglesia de la
 Concepción Real de Calatrava (siglo XIX) Madrid.
A su llegada fue acogido por el abad Raimundo. Era este un clérigo instruido y sabio, consagrado a la austera Orden del Císter que, tras partir de la abadía de Scala Dei, fue encomendado a promulgar la palabra de Dios y su doctrina en el monasterio de Niencebas para después iniciar una nueva labor en Fitero.
Pero tratemos la plaza de Qal’at Rabah que al fin y al cabo es lo que nos ha traído hasta aquí. Era esta un bastión de especial importancia para la defensa del principal camino que unía el reino de Castilla, desde Toledo, con la ciudad de Córdoba en tierras de al-Andalus. Una villa bien amurallada y convertida en islote, en mitad de la meseta castellana, gracias a la construcción de un enorme foso con agua que rodeaba todo el recinto.
La fortaleza de Calatrava había sido ocupada por Alfonso VII, El Emperador, allá por el año 1147, cuando su último gobernador almorávide, Ibn Ganiya, se hizo vasallo suyo con objeto de eludir la presión que desde la orilla africana llegaban con las nuevas corrientes radicales almohades. Atrás quedaban las correrías del memorable Munio Alfonso por estos territorios y su heroica muerte a manos de Faraj Abdalí, el sanguinario alcaide del fuerte.
Tres años después, habiendo ayudado a repoblar estas tierras recuperadas a los infieles, El Emperador decidió encomendar su defensa y conservación a los hermanos de la Orden del Temple.
Calatrava la Vieja o antigua Ciudad de Calatrava.
Carrión de Calatrava, Ciudad Real.
Eran estos caballeros muy poderosos por sus riquezas, a la vez que temidos por su arrojo y esfuerzo. Y nuestro amado rey Alfonso, recordado como el séptimo, supo entender entonces que depender, únicamente, del apoyo brindado al reino por las huestes de sus nobles era un gran error. La codicia de los grandes blasones castellanos y sus luchas internas podían poner en peligro la seguridad de la frontera de Toledo. Por ello fue preciso disponer de una nueva milicia y la de los Caballeros Templarios se advertía como la mejor opción.
A la muerte de Alfonso VII en 1157, el reino se repartió entre sus dos hijos varones: don Sancho III, por la condición de primogénito, heredará el reino de Castilla y Toledo; mientras, su hermano don Fernando II disfrutará del reino de León y Galicia. Pero lo que desconocía el ‘Deseado’, tal y como será recordado a don Sancho en su breve reinado, es que corrían tiempos difíciles para los dominios castellanos y todos los vientos de guerra soplaban en contra suya.
Torre albarana, murallas y foso en Calatrava la Vieja.
Carrión de Calatrava, Ciudad Real.
Únicamente habían transcurrido veinte días desde el fallecimiento de su padre cuando el califa, Abd al-Mumín, en Marrakech declaraba la Guerra Santa a los cristianos y a sus traidores hermanos almorávides afincados en la península. Así pues, nada más cruzar la costa, la primera plaza en caer en manos de la furia almohade fue al-Mariyyāt Bayyāna (la “Atalaya de Pechina”, actual Almería) que será reconquistada para la fe musulmana.
Las banderas enarboladas en la yihad no se contentaron con el control sobre el Mediterráneo. Continuó el avance del ejército sarraceno hacia el interior peninsular, conquistando, fácilmente, las ciudades de Bayyasa (Baeza) y Madinat Ubbadat al-Arab (Úbeda). A partir de aquí, tan sólo quedaba atravesar el Muradal y la siguiente posición importante en alcanzar era la codiciada plaza de Calatrava, justo antes de llegar a Toledo.
Detalle de las murallas en Calatrava la Vieja.
 Carrión de Calatrava, Ciudad Real.
Y se encendieron todas las alarmas en el reino de Castilla. Una expedición de hermanos templarios, vigilantes de la frontera, regresaba de forma precipitada desde tierras de al-Andalus. Elevadas polvaredas se oteaban en el horizonte cuando los caballeros de Cristo, espoleando sus monturas hasta casi reventarlas, llegaban al recinto avanzado e informaban de las noticias.
Un enorme ejército enemigo se encontraba de camino y la guarnición encargada de defender esta puerta de Toledo era mínimamente escasa. Desde la última Cruzada, la Orden del Temple había estado enviando a sus hermanos, repartidos por toda Europa, hacia Oriente con objeto de proporcionar seguridad a los peregrinos en Tierra Santa. Por tanto, los milites en Castilla eran muy consciente de la poca ayuda que recibirían.
Arco triunfal y entrada a la alcazar islámica.
Calatrava la Vieja. Carrión de Calatrava, Ciudad Real.
Aun así, demandaron ayudas y recursos a los Maestres con el fin de obtener cierta garantía para la defensa de la fortaleza. Finalmente, sus peticiones fueron desoídas. Incapacitados para salvaguardar la plaza y hacer frente al imponente ejército reunido por Abd al-Mumín en su llamamiento a la yihad, decidieron que lo mejor sería devolver Calatrava a la Corona. De esta forma, los Caballeros de Cristo hicieron entrega de la misma al rey Don Sancho que, en esas fechas, se encontraba acampado con su Real en Toledo.
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